Entrar en Inagua,
es salir,
del mundo irreal,
en que vivimos.
Es sumergirnos,
en la realidad,
de su existencia,
donde cada piedra,
cada árbol,
cada bicho viviente,
nos enseña,
cómo vivir la vida,
con sabiduría.
Caminar por sus senderos,
es andar,
por su historia,
centenaria,
milenaria,
donde el tiempo,
no importa,
sólo esa presencia indescriptible,
real,
sublime,
mágica,
que permanece,
indisoluble,
con el paso,
de los años.
Respirar su aire,
es impregnarse,
de la sutileza,
de su esencia.
Es alimento,
para el alma.
Es recargar,
el espíritu,
de sus buenas,
energías.
Y al estar,
entre sus laderas,
entre sus valles,
y sus cimas,
no encuentro,
palabras,
que describan,
con fidelidad,
la magnitud,
inmensa,
de esas sensaciones,
que se captan,
al observarlas.
Estar en Inagua,
es observar,
contemplar,
mirar,
y aprender.
Es respirar,
y oxigenar,
el alma.
Es escuchar,
las palabras,
sin sonido,
de su experiencia.
Es ...
estar en un lugar único,
especial.
Todo un privilego,
para los sentidos.
Inagua.
Gonzalo Bautista, 2010.











