El día estaba brillante, con una atmósfera limpia, donde la suave brisa oceánica invitaba a disfrutar de relajantes momentos de serenidad.
Había estado andando por la costa, y encontré una pequeña calita, solitaria y muy acogedora, alfombrada por fina arena dorada y rodeada de algunas formaciones rocosas, que resguardaban aquel bonito lugar de los molestos vientos que solían azotar por allí.
En la orilla, la cristalina transparencia de las aguas invitaba a contemplar la limpieza, impecable, de los fondos marinos.
Las suaves olas, se desplazaban en perfecta armonía sobre la superficie, como si estuviesen acariciando el agua con suma delicadeza.
Me senté a contemplar aquella estampa, y perdí la noción del tiempo, respirando aromas de mar, de rocas salpicadas por las olas, de salitre y de algas, de instantes para la relajación de la mente.
Y es que las islas están llenas de pequeños rincones, únicos, inigualables, donde cada uno tiene su propio encanto, su propio sello de identidad.
Son rincones mágicos, especiales, que merecen ser compartidos, para su respeto, para que sepamos cuidarlos, y para que sigan estando ahí, con el paso del tiempo.